El señor del abrigo
El señor del abrigo y el cuello de piel, cuidadosamente afeitado, salió de casa a las nueve menos doce en punto, ya que a las nueve y media tenía una cita con la mujer que había decidido pedir en matrimonio. Hombre ligeramente superado por los acontecimientos, casto, sobrio, taciturno, no inculto pero con una cultura deliberadamente anticuada, el señor del abrigo había decidido hacer a pie el camino que le separaba del lugar de la cita, y aprovechar el tiempo para meditar, ya que estaba convencido de que, cualquiera que fuese la respuesta, su vida se aproximaba a un cambio dramático. Naturalmente aprensivo, estimaba probable una respuesta dilatoria, y se sentiría alegrado por un “no” dicho con cortesía, ni se atrevía a pensar en un “si” inmediato. Había calculado un trayecto de cuarenta minutos, incluida la compra de un diario, objeto que, por contener crónicas cotidianas llenas de crueldades, consideraba tranquilizador, al persuadirle de su poquedad. Ya que existían tres respuestas posibles, había decidido dedicar un total de treinta minutos al “no” y a la “dilación”, ocho al “si”, y dos al diario.



